jueves, 24 de febrero de 2011

Pequeño Mío.


No des importancia si se ríen de lo que a ti te gusta y cuyo seno ellos jamás llegarán a acariciar.
No ocultes tu mirada cuando el maquillaje del cambio pinte tus labios.
No sufras si te señalan con el dedo y buscan recalcar eso que ellos llaman “defectos”.
No estés triste si tus amigos con el devenir del tiempo se marchitan en ignorantes flores.
No mires a los ojos a aquellos que no entienden la naturaleza de tus regalos.
No creas las soluciones del mundo que predican aquellos que se emborrachan en colores primarios.
No escuches cuando quieran dictarte tus capacidades.
No permitas que empapen de lógica tus sueños más alocados.
No bajes la cabeza cuando la muchedumbre de los perfectos humanos te tilde de raro.
No te asustes cuando la soledad pinte tu retrato con difusas acuarelas.
No llores cuando aquellos que rompan sus promesas en el vértice de la decencia quieran pasarte la cuenta.
Tenles paciencia.
Tenles compasión.
Demuestra clemencia.
Déjalos vivir por la línea que todo promete y nada otorga, ese lugar que amplía nuestros comedores y reduce nuestras alcobas.
No hay mejor arma que el silencio para combatir las mentes de los pobres necios que creyeron entender los caprichos de la vida bajo una cobija tejida con preciosas mentiras.
Levanta el mentón, muestra los dientes, camina derecho, se desobediente.
Pero por sobretodo pequeño mío, en este mundo de ángeles sin nombres, nunca sientas vergüenza de tus goces, cuídate, y jamás permitas que esos dedos y esas viles sonrisas opaquen a tus dioses.
Mañana seremos más lindos que hoy.
Tranquilo… no llores.

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