
En años mozos, adolescencia descarrilada de noches esotéricas y frases mal pronunciadas me encontré cara a cara con la primera madama, la señorita azul de inquieta mirada.
Escapaba a todos los consejos. Huía de las personas de caras acordonadas, cabezas bajas que parecían no soñar con nada y mis gestos sinvergüenzas evitaban enfrentar los espejos.
Destruye lo lindo y elocuente de aquellos versos del pensamiento bohemio y evoca la locura de lo nuevo, la quietud de la belleza en los restos del fuego.
¿Realmente quiero hacer esto?
Dejar que el pánico de mis caderas erice los cabellos en aquellas zonas sin viento. Desarmar mi montura y cabalgar al pelo por los pasillos donde siempre me gana el desespero. Levantar mi mano en señal de victoria para recitarles a oídos sordos las verdades de la mierda que siempre aflora. El mejor soldado que muere en estados de locura por querer abarcar todo el ancho de la cordura. Pensar cinco veces al día en porqué pienso. Regalar la invaluable seguridad de la modernidad a cambio de orgullosos desvanecimientos.
¿Realmente quiero todo esto?
Estúpida sobredosis de humanidad de quien quiere siempre saber un poquito más.
Inútil clamoreo corporal al que siempre cedo.
Fumar a oscuras y no hablar, acostarme temprano en la noche ardorosa que me desvela sin piedad.
Sucede que aún no he podido ordenar la infraestructura de mi mente ansiosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario